martes, 27 de septiembre de 2011

Discurso por la jubilación de mi padre

Este fin de semana hemos celebrado en Almería la jubilación de mi padre. Me tocó dar un discurso. Aquí lo tenéis:


Me llena de orgullo y satisfacción celebrar hoy con mi padre su sexagésimo quinto cumpleaños rodeado de tanta familia y amigos que lo quieren y en uno de los lugares que más bellos recuerdos y momentos felices evocan la memoria de su, ya, larga vida: el cortijo de Pechina. Es por ello que, con el pecho henchido de felicidad os invito a brindar por mi padre, deseando que este acto de hoy fortalezca todos nuestros lazos y deje en mi padre un poso de alegría que pueda recordar por siempre. ¡Feliz cumpleaños, papá!

¿Pero qué mierda es esta? Mira que le dije bien claro a mi asistente que escribiera un discurso sencillo pero emotivo. Y va y me escribe esta mierda ¿Qué se ha creído, que soy el Rey Juan Carlos leyendo el mensaje de Navidad? Y eso que me preguntó:

- Dime lo primero que se te venga a la cabeza sobre tu padre.

A lo que yo le contesté:

- En vez de llevar caramelos en los bolsillos como todos los abuelos del mundo, lleva memorias USB con películas de dibujos, que descarga en una calidad infame, para que las vean sus nietos.

Con ese dato, ¿va y escribe ese discurso tan ridículo?

Menos mal que he escrito yo otro, porque la verdad es que no me fiaba:

Es ineludible que el cortijo de Pechina me traslade a cuando tenía 12, 15, 20 años, y pasaba los veranos aquí jugando al baloncesto, al escondite, montando en bici y pensando que mi padre era un burro, un ignorante o un cabezota porque no me dejaba hacer tal o cual cosa. Casi veinte años después, lo miro y pienso: ¡joder, cuánto ha aprendido este hombre en todo este tiempo!
Y es que, como decía el mejor padre que ha parido la historia del cine, el Atticus Finch que encarnaba Gregory Peck en “Matar a un ruiseñor”, nunca se conoce realmente a un hombre hasta que uno se ha calzado sus zapatos y caminado con ellos. Yo no me suelo poner los zapatos de mi padre, gasto un 42 y él un 43, y además tiene un gusto para elegir zapatos que… pero sí que he caminado con ellos desde hace seis años. Desde el día en que nació mi hijo Pablo. Y es en ese instante cuando empiezas a conocer realmente al hombre que es tu padre, cuando lo miras de frente y ves claro que en tu aprendizaje, en tu propio camino, está tu padre claramente definido cerrando el círculo, esperando a que le devuelvas los zapatos, en lo que es la epifanía más evidente que afronta todo ser humano.
Porque tener hijos no te convierte en padre, del mismo modo que tener un piano no te vuelve pianista. Pero tú has sido padre y por ello te quiero dar hoy tres veces las gracias:
Una, por no haber escatimado nunca aliento a nuestros errores, consejo a nuestras dudas, orgullo a nuestros aciertos y por haber acudido siempre a nuestra llamada.
Dos, por haber entendido, aunque con denodado esfuerzo, que tenías que enseñarnos cómo pensar, no lo que habíamos de pensar. Por darnos el cincel para que nos puliéramos nosotros. Por dejarnos volar.
Y, tres, y más importante, por elegir a la madre que nos parió.

Gracias, papá. Y que te lo pases “mu bien, mu bien”.